La OSUANL está muerta

No, no ha desaparecido (aún), pero la Orquesta Sinfónica de la ‘poderosísima’ UANL está más que muerta desde la llegada de su renovado director titular, Eduardo Díazmuñoz. ¿La razón? Los malos manejos del director y su cuestionable trato hacia los músicos, lo cual ha alejado tanto a talentos locales como nacionales de colaborar con la agrupación.

¿Por qué la Universidad Autónoma de Nuevo León ha abandonado a su Orquesta Sinfónica y a sus músicos?

El político al mando

Eduardo Díazmuñoz, director titular de la OSUANL, se ha ganado el título de “El político” gracias a su habilidad para moverse entre las sombras administrativas de la UANL. Con un salario que extraoficialmente supera en un 1,500% al de los músicos —aunque la universidad se niega a transparentarlo— ha justificado la decadencia de la orquesta con el mismo discurso: “No hay recursos”.

Pero lo cierto es que su gestión ha hecho más daño que bien. Desde su llegada, la programación artística de la OSUANL ha caído en la irrelevancia, enfocándose en obras de música mexicana tan oscuras como su liderazgo. Los conciertos han pasado de ser eventos culturales relevantes a estrategias de marketing engañosas, como el fallido concierto con música de los Beatles, donde el público esperaba algo más que un mal tributo.

Hoy, la asistencia a los conciertos es tan baja que hay más personas en el escenario que en las butacas. Incluso al haber cambiado temporalmente los conciertos al Aula Magna, un recinto más pequeño, el interés del público sigue desapareciendo.

Los músicos y el nivel artístico

El problema no radica únicamente en la administración; los propios músicos de la OSUANL han contribuido al declive. Desde plazas asignadas por nepotismo hasta miembros que no cumplen con los estándares de un músico profesional, la falta de calidad es evidente.

Un músico profesional debe llegar preparado a los ensayos y conciertos, como un atleta de alto rendimiento que entrena para dar lo mejor de sí. Sin embargo, en la OSUANL, muchos músicos ni siquiera saben qué tocarán en el primer ensayo. ¿Cómo se espera que brillen si ni siquiera su director conoce la música?

La UANL: cómplice del desastre

La Universidad Autónoma de Nuevo León tampoco ha sabido cómo manejar a la OSUANL. Los músicos son clasificados bajo tabuladores genéricos, sin consideración por el nivel artístico que requiere una orquesta profesional. Esto ha impedido atraer talento y ha perpetuado la mediocridad.

A esto se suma la falta de evaluaciones para mantener estándares. En orquestas exitosas, los músicos deben demostrar su nivel constantemente, pero en la OSUANL existen «calienta-bancas» que, pese a no aportar nada al ensamble, ocupan un espacio vital.

El silencio de una ciudad

Una orquesta sinfónica no es solo un conjunto de músicos tocando partituras; es un reflejo de la vida cultural y aspiracional de su comunidad. La OSUANL no existe en un vacío, ni debería ser solo un tema de interés para los amantes de la música clásica. Una ciudad como Monterrey, con su peso económico y su relevancia nacional, no puede permitirse que su producción cultural caiga en el olvido.

La música clásica tiene el poder de educar, inspirar y unir. Una orquesta viva y dinámica es capaz de influir positivamente en la calidad de vida de toda la población. Desde programas educativos para jóvenes hasta colaboraciones con artistas de diversos géneros, la OSUANL podría ser un motor cultural que ayude a fortalecer la identidad de Monterrey y a generar orgullo entre sus habitantes.

Cuando la orquesta está en decadencia, lo que está en juego no es solo el empleo de los músicos: es el valor que la sociedad otorga al arte como parte esencial de su vida cotidiana.

El declive de la OSUANL también refleja algo más profundo: la falta de visión cultural de sus instituciones. Si no somos capaces de exigir que una orquesta de esta magnitud sea gestionada con seriedad y excelencia, ¿qué mensaje estamos enviando sobre lo que valoramos como sociedad?

No importa si alguien nunca ha asistido a un concierto de música clásica; su ausencia también dice algo. El desinterés del público no es una condena, sino una oportunidad para reflexionar y transformar.

Una orquesta de calidad no solo atrae a melómanos, sino que puede conquistar a nuevos públicos, desde jóvenes que buscan experiencias diferentes hasta familias que quieren descubrir juntos un mundo más amplio.

Invertir en la OSUANL es invertir en el futuro cultural de Monterrey. Dejarla morir no es solo un fallo institucional, sino un fracaso colectivo. Es momento de preguntarnos si estamos dispuestos a resignarnos al silencio o si queremos ser parte del cambio que devuelva la música a su lugar: como el alma vibrante de esta ciudad.

Un llamado a la acción

Monterrey no es una ciudad carente de talento ni de tradición artística. Desde sus inicios, ha sido cuna de músicos y creadores capaces de alcanzar estándares internacionales. El problema no está en la falta de potencial, sino en la incapacidad de las instituciones para reconocerlo, cultivarlo y proyectarlo.

La OSUANL, que alguna vez fue un estandarte cultural, puede volver a serlo si se asume con seriedad la responsabilidad de gestionar una orquesta digna de una ciudad con tantas posibilidades. La música está aquí, latente, esperando que alguien la dirija hacia un mejor futuro.

Otras orquestas en el país han demostrado que un cambio es posible, incluso en condiciones adversas. Desde iniciativas que apuestan por líderes comprometidos con la excelencia artística, hasta la incorporación de talento joven con experiencia y nuevas estrategias para conectar con el público, hay modelos a seguir que han dado resultados.

Monterrey, con su capacidad económica y su historia cultural, no solo puede aspirar a este renacimiento, sino que tiene el deber de hacerlo. La OSUANL podría ser un referente nacional si se toman las decisiones correctas desde rectoría y desde el liderazgo artístico.

En cuanto al público, su ausencia de las salas no es un signo de indiferencia, sino una forma legítima de exigir un producto digno. Pero la exigencia también puede ir más allá.

Las voces de los ciudadanos pueden ser un catalizador para el cambio: desde escribir a la universidad para demandar una gestión responsable, hasta apoyar a músicos independientes y participar en foros culturales que presionen por la renovación. Si el arte es un reflejo de la sociedad, entonces la sociedad debe hacer su parte para que la OSUANL no termine en el olvido.

La música tiene un poder transformador. Ha sobrevivido guerras, revoluciones y crisis de todo tipo. La OSUANL puede superar este momento oscuro si los músicos, los líderes culturales y la comunidad creen que una orquesta no es solo un grupo de personas tocando instrumentos: es una representación del alma de la ciudad.

Monterrey merece una orquesta que esté a la altura de su historia y de su gente, y esa posibilidad aún está al alcance. Solo hace falta valentía para tomar las decisiones necesarias y pasión para devolverle a la ciudad lo que nunca debió perder: su voz musical.

Monterrey merece una orquesta que esté a la altura de su historia y su gente. Es hora de actuar antes de que el silencio sea lo único que quede.